Lejos de las coimas, los favores políticos y el canje de votos, en el Oeste de la Provincia de Buenos Aires, funciona un comedor sustentado con el trabajo de sus fundadores.
En un barrio al que todos llaman villa, “La Carlos Gardel de Morón”, que ocupa los fondos del Hospital Posadas, vive un grupo de mujeres que todos los días luchan por conseguir un plato de comida para los chicos del lugar. Es que si hay algo que en la villa no falta es la solidaridad.
Mónica –quien no quiso revelar su apellido- es la encargada de esta organización que alimenta alrededor de cien chicos, además de los padres y madres de cada uno, lo que representa entre 150 y 200 personas.
Llegó a la “Carlos Gardel” cuando tenía 16 años –actualmente 44 años- escapando de su familia y desde entonces no salió más: “Cuando vos venís a vivir a la villa sabés que es para siempre, que no te vas a ir más”, afirma, mientras revuelve la olla donde elabora el guiso para los chicos.
Mónica es alta, rubia y delgada. Ella organiza a sus vecinos desde hace diez años para repartir la comida entre los chicos y solucionar los problemas que se presentan en la vida cotidiana del barrio, ya sea la falta de agua o los cortes de energía eléctrica. Además, coordina los talleres de carpintería y albañilería que se dictan tres veces por semana, en la cocina de su casa.
El comedor nació a fines de 2000 en la antesala de la crisis económica más importante de la historia argentina. Al principio se armó en la casa de Mónica ya que no se contaba con otro espacio físico para construirlo. Con el tiempo -gracias a los cursos de carpintería y albañilería que ella misma realizó- construyeron -junto con las otras madres- guiados por su la necesidad del cambio y el aprendizaje, un pequeño comedor en el patio de su casa.
“Los materiales los gané al finalizar el curso de albañilería y carpintería. Con eso construimos todo el comedor, que no era muy grande pero nos ayudaba a concentrar a todos los nenes”, afirma Mónica.
En un primer momento los chicos iban a comer allí. Llegaban alrededor de la siete de la tarde, cada uno con su plato y vaso, y de a poco se iban ubicando alrededor de la mesa. Pero la realidad los superó y tuvieron que organizarse de otra manera: “Nos llamaba la atención que chicos de 3 o 4 años nos pidieran que les sirviéramos tres o cuatro platos de comida, pero con el tiempo nos dimos cuenta de lo que sucedía. Cada uno venía con una mochila en donde, mientras no los veíamos, guardaban la comida para después llevar a sus padres. Así que tuvimos que cambiar los planes. Ahora repartimos la comida en recipientes y de esta manera alimentamos a toda la familia”.
Para solventar los gastos y garantizar la comida, Mónica -junto con las otras mujeres- realizan diferentes trabajos, no sólo para el comedor sino también para mantener a sus familias. Venden facturas, realizan rifas y hacen veredas en la zona del Palomar, partido de Morón.
Los pulmones de Mónica están completamente negros y no es por ser una fumadora compulsiva ni mucho menos sino por la elaboración de la comida. Es que en el comedor se cocina a leña y eso genera un humo muy contaminante que le impide respirar bien. “Una vez por mes tengo que ir al Hospital Posadas a que me den oxígeno porque no puedo respirar”, afirma. Sin embargo, la solidaridad, el entusiasmo y la dedicación que ella le aporta a cada proyecto que organiza la hace olvidar todos los problemas que le genera.

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